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jueves, 2 de mayo de 2013

El orteguismo: 52 años conspirando



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En el año 1990 el canal estatal de televisión transmitía el programa Democracia en marcha . En una ocasión el invitado fue Edén Pastora, en su variable como opositor a Daniel Ortega.

En aquél momento Violeta Chamorro llamaba a la concertación económica y social, mientras Ortega azuzaba el vandalismo callejero. El nuevo gobierno, compuesto en buena parte por personas sin experiencia política, estaba más que dispuesto a lograr acuerdos por la gobernabilidad, palabra que a partir de entonces se volvería común en asuntos públicos.

Pastora expresó su opinión, y por única vez le escuché una verdad contundente, que más o menos fue: “Ustedes los tecnócratas de la UNO (Unión Nacional Opositora, que llevó al poder a Chamorro), creen que pueden sentarse en la mesa a negociar de tú a tú con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). ¡No se dan cuenta que ellos tienen casi treinta años de estar conspirando!”.

Veinte y dos años después de aquella entrevista, el FSLN y el orteguismo han acumulado 52 años —y contando— de conspirar nacional e internacionalmente, llevando a Nicaragua sobre el filo de la navaja, sometiendo a sus contrarios y logrando ventajas hasta la última gota.

La experiencia indica que al orteguismo no se le enfrenta con ingenuidades ni falta de carácter. Les ocurrió a funcionarios de Chamorro y la Asamblea Nacional llegando, entre otras cosas, a “legalizar” el robo de bienes y recursos públicos (leyes 85, 86 y 87) conocido como “La Piñata”, sellada en 1995 con la Ley de Estabilidad de la Propiedad (209), y que según el procurador general ha costado a los nicaragüenses 1,283.7 millones de dólares, sin incluir lo que falta.

Arnoldo Alemán quiso tratar de “tú a tú” con el orteguismo y en el primer capítulo entregó lo que no le pedían: la reducción del porcentaje de votos para ganar elecciones en primera vuelta, de 45 a 35 por ciento. Después posó sonriente junto a Ortega en la histórica foto. En el segundo capítulo, tras dividir la oposición y dispersar su partido, logró le anularan juicios y condenas de corrupción en su contra. Hoy escribe su epílogo, aunque sueña con un tercer capítulo.

Enrique Bolaños tampoco escapó a la trampa. Asesorado por inexpertos, cayó en arenas movedizas luego de haber iniciado una justa batalla contra la corrupción, pero sin estrategia clara. Los delincuentes que se aprovechaban de los recursos del Estado resultaron ser demasiados, y el poder judicial estaba controlado por Ortega. Conocemos el resto de la historia.

Sin embargo, los tres gobiernos tuvieron respaldo mayoritario para asentar la democracia. Al no hacerlo, oxigenaron al orteguismo que ahora a muchos tiene en sus manos.

“No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo”, decía Albert Einstein (1879-1955). Así vemos que a pesar de las evidencias, y las consecuencias que la ciudadanía carga sobre sus espaldas, el zancudismo actual no ha aprendido nada, y baila obediente la canción que el oficialismo orquesta, creyendo merecer aplausos.

La llamada oposición ha tenido sus quince minutos de fama, y su premio es el rechazo generalizado. Su atracción fatal por las cámaras y la fascinación por coquetear con el orteguismo, los ha convertido en marionetas sostenidas por los hilos de su propio desconcierto.

En aquél programa Pastora fue entrevistado por Tony Ibarra, quien huyó del país tras denuncias de actos de corrupción y comprador de votos en la Asamblea Nacional —maleta de dólares en mano— provocando que algún poderoso funcionario registrara la sentencia “nadie aguanta un cañonazo de cien mil dólares”, nicaraguanizando la del expresidente de México (1920-1924) Álvaro Obregón Salido, “nadie aguanta un cañonazo de cincuenta mil pesos”.

Sin lugar a dudas que el orteguismo conoce maneras de persuasión más baratas y eficaces.  

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