verdades calientes

NATURALEZA-1950: EDUCACION VERDE EN LAS ESCUELAS.

martes, 25 de septiembre de 2012

EL SEÑOR DEL TIEMPO DANIEL ORTEGA.





El error del absolutismo consiste en querer detener el tiempo. “Es —como decía María Zambrano— una imagen de la creación invertida. Al crear hace la nada, anula el pasado y oculta el porvenir”. Un ejemplo de este afán, que distorsiona no solo el presente sino la historia toda, y que viene al pelo ahora que estamos próximos a celebrar los 200 años de la Constitución de Cádiz, nos lo ofrece Fernando VII, tras su regreso a España. Al anular la Constitución liberal de 1812, por medio del Decreto de Valencia de 4 de mayo de 1814, declaró que su real ánimo era “no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias ni de las ordinarias (...), sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, (...) como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo…”.

Como todos los absolutismos, la dictadura orteguista no escapa a esta obsesión. Su versión de la historia reciente elimina figuras destacadas de la lucha contra Somoza y ensalza a personajes mediocres; proclama el período abierto en 2007, continuación de las políticas neoliberales ahora arropadas con una ideología fascista y místico religiosa, como una prolongación de la revolución de los ochenta.

Esta política de la impostura también incapacita a las dictaduras para generar, de cara al futuro, proyectos sustentados en la realidad. Sus fantasías redentoras jamás pueden llevarse a cabo, por estar construidas sobre las arenas movedizas de la mentira. El futuro que nos ofrecen está destinado no a transformar el presente, sino a prolongarlo y eternizarlo. Puesto que de la mentira no pueden surgir sino nuevas y mayores mentiras, las dictaduras, como la que soportamos, pueblan el porvenir de proyectos quiméricos: megaingenios azucareros y refinerías, aeropuertos supersónicos y monumentales puertos de aguas profundas, canales interoceánicos para buques gigantescos, colosales carreteras y satélites orbitando en la estratosfera.

Este sueño absolutista de parar el tiempo y abolir el cambio tiene, sin embargo, una herida de muerte, por la que irremediablemente se desangra: la herida de muerte de la sucesión. El absolutismo monárquico responde a este problema con el derecho divino y hereditario de los reyes; la democracia, con las instituciones y el remplazo periódico de las personas al frente de ellas, por medio de elecciones. La dictadura, en cambio, no tiene respuestas: el tiempo colectivo es sustituido por el tiempo biológico contenido en los pálpitos del corazón y el ritmo peristáltico del caudillo. O da respuestas esperpénticas, como la caricatura monárquica de las dinastías tiránicas del trópico caribeño. La muerte, la posibilidad real de la muerte en cualquier instante, alienta en cada poro del régimen. Con el aumento de los aparatos de seguridad el palacio se puebla de espías y conspiradores y, alrededor de la silla presidencial, va creciendo una cada vez más tupida y compleja telaraña de intrigas. Lejos de solucionarlo, el paso del tiempo no hace sino agravar el problema.

La reciente proclamación de Ortega como candidato para las elecciones del 2016, tras una serie de fracasados tanteos de parte de la coordinadora de Comunicación, es una prueba de que el régimen empieza a enfrentar la dificultad que hemos descrito, propia de las dictaduras. La respuesta ha sido, por el momento, la misma, es decir, la ausencia de respuesta. Pero la necesidad de insistir tan temprano, de manera pública, en la continuidad del caudillo, para aplacar las pugnas internas, no delata sino el aumento de la gravedad del problema, el inicio de la decadencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario