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lunes, 9 de julio de 2012

EL DILEMA DE LA OPOSICION NICARAGUENSE ,¿PARTICIPAR O NO EN ELECCIONES MUNICIPALES?



Nadie estaría más feliz que Arnoldo Alemán si el PLI decidiera no participar en las próximas elecciones municipales. Junto a él, sonriendo, estaría Daniel Ortega. Para el primero sería la oportunidad de resucitar un muerto. Para el segundo la de barrer limpiamente con la mayoría de las alcaldías y legitimar una elección.

Sin PLI que compita en las municipales, el PLC podría alzarse con un porcentaje minoritario pero importante de alcaldías; quizás un 20 a 30 por ciento —con la posibilidad que el CSE le dé un “empujoncito” adicional—. Oxigenado con este nuevo protagonismo, que también tiene sus réditos económicos, Alemán y su PLC captarían, además, aquellos activistas del PLI que aspiran a obtener algunos puestos y que no se resignan a quedarse con los brazos cruzados.

Ortega, por su parte, en competencia con un partido desprestigiado y huérfano en candidatos idóneos —como el PLC— aumentaría el número de alcaldías a favor de su partido. Más aún: recibiría en bandeja de plata la legitimidad de las elecciones. Porque no es cierto que participar en la contienda de noviembre, sin cambios en el CSE, es lo que legitimaría un proceso electoral viciado. Lo cierto es lo contrario: absteniéndose de participar, el PLI brindaría a Ortega la posibilidad de alzarse con una victoria electoral limpia, en comicios en que a los ojos del mundo participó toda la oposición, menos un partido.

¿Cómo resolver entonces el serio dilema ético de participar en elecciones arbitradas por magistrados con precedentes delictivos y con un sistema que carga los dados a favor del partido gobernante? Solo hay una respuesta: participando resueltamente con buenos candidatos, supervisando los resultados con fiscales y observadores bien entrenados, y alistándose a defender el voto con todos los medios cívicos imaginables.

Es cierto que el orteguismo ha hecho trampa en las dos últimas elecciones y que lo puede volver a hacer. Pero esto no significa que lo puede hacer impunemente. Cada vez paga un costo. El más visible son los cortes en las ayudas y las sanciones internacionales. Pero hay otro de consecuencias más profundas y serias, aunque sus efectos sean menos perceptibles a corto plazo: la erosión de su capital moral.

Un régimen que desnuda ante el mundo su falta de ética, sus mentiras o su corrupción, tarde o temprano paga las consecuencias. Ningún gobierno puede prevalecer indefinidamente usando solo la fuerza, el dinero o los trucos. Los regímenes para perdurar necesitan legitimidad moral. Si no, véase el caso de los Somoza: torcieron constituciones, robaron elecciones e hicieron una gran fortuna. Inicialmente parecía no afectarles mucho: el boom algodonero, la amistad americana, y otros vientos favorables, mantuvieron y hasta expandieron por un tiempo su clientela política. Pero su conducta iba produciendo un deterioro creciente en su prestigio y luego repugnancia entre los jóvenes, las personas con criterio y la comunidad internacional. Tomó su tiempo, pero llegó el día en que sus errores y abusos pasaron factura.

No participar, alegando que no se logrará nada y que es más digno abstenerse, no solo puede ser excusa para justificar una actitud cómoda y derrotista, sino ser una actitud contraproducente. Si se participa y no hay fraude, gana Nicaragua. Si lo hay, pierde Ortega. Si no se participa ganan Ortega y Alemán y pierde la oposición.

Lo inaceptable de participar sería enmudecer tras un fraude y comer de sus migajas. Los fraudes anteriores no solo han sido causados por autoridades tramposas, sino por la falta de reacción de la ciudadanía. Para tener elecciones libres se requiere de árbitros honrados, pero también de ciudadanos valientes, dispuestos a no dejarse robar.

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