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jueves, 8 de marzo de 2012

SE CONSOLIDA EL PROYECTO FAMILIAR DICTATORIAL DE DANIEL ORTEGA.



Cuando Daniel Ortega retorna al poder en 2006, después de dieciséis años en las llanuras de la oposición, fue bajo dos excepcionales escenarios políticos aprovechados a plenitud por el irreemplazable líder sandinista. El primero se debió al sólido apoyo económico que recibió desde el Palacio de Miraflores para financiar su campaña electoral. El otro no menos importante correspondió a la marcada división de los partidos de derecha y la falta de liderazgos de sus principales dirigentes políticos para poder unificarse.  
Menos de cinco años bastaron para que Ortega destrozara los cimientos de una incipiente democracia que se venía construyendo desde administraciones liberales anteriores, iniciada en la era de Violeta Barrios y concluida con la de Enrique Bolaños, pasando por la de Arnoldo Alemán. El equilibrio de poder existió en Nicaragua durante esos gobiernos. Había representación de todas las fuerzas políticas del país en las diferentes instituciones del Estado. Después de 2006 todo cambió.
Los más de quinientos millones de dólares anuales que Ortega maneja libremente de la ayuda económica que recibe de Venezuela le ha permitido comprar todo tipo de conciencias para cumplir sus fines, a los que se incluyen altos jerarcas de la iglesia católica y de cristianos protestantes; magistrados de los diferentes poderes que antes habían estado en la acera de enfrente, contralores del ente fiscalizador con cargos vencidos que fueron prorrogados en sus funciones por un ilegal decreto presidencial; un seductor coqueteo a los altos mandos militares para garantizarse la mayor lealtad posible y evitarse una eventual sublevación; continuas regalías que van desde láminas de zinc hasta estufas para cocinar a la población menos educada, lo mismo que alianzas económicas con los empresarios nacionales que con el interés de proteger sus inversiones han cedido significativas participaciones en sus negocios a los advenedizos de la nueva cúpula del poder nicaragüense.
Hoy Ortega controla absolutamente todo. Cuenta con más de sesenta diputados para hacer y deshacer sobre lo que se le venga en ganas, así también cuenta con la lealtad incuestionable de funcionarios en los restantes poderes del Estado. Si deseara nombrarse emperador tal como lo hizo Napoleón, lo hace. Si quisiera cambiar el nombre a la República de Nicaragua, también podría. Ninguna fuerza política opositora lo detendría.
Más allá de lo anterior hemos de mencionar que la consolidación de la dictadura de Ortega es un hecho cierto e irrefutable. Si bien es innegable que en la actualidad en Nicaragua no existe el tradicional mecanismo de opresión militar propio de la década de los ochenta, no deja, sin embargo, de ser menos cierto que Ortega utiliza todas las instituciones del Estado para hacer infernal la vida a sus opositores.
Para ello cuenta con la Dirección General de Ingresos en materia fiscal; si es negociante le retienen las mercaderías en la Dirección General de Aduanas; si el caso tiene que ver con problemas judiciales existe una presta y activa Procuraduría General de la República, conllevando hasta la confiscación de propiedades privadas si fuera el caso.
Estos son los primeros filtros de “persuasión” del poder totalitario de Ortega para acallar a sus opositores. Si no entienden el  mensaje vendrá la cárcel. Ya los rudimentarios ajusticiamientos dejaron de existir. Su sistema opresor ha evolucionado de acuerdo a la realidad del nuevo milenio.
No existe, empero, en la actualidad, un favorable escenario para alcanzar la cesación del poder de Daniel Ortega, ya sea por la vía civilizada por medio de un proceso electoral libre y transparente, o por medio de una rebelión popular, aunque tampoco he de negar que la semilla sembrada ya esté pronto a germinar.
Habrá, pues, que hacer una llamado a naciones amigas como Estados Unidos y los países que forman parte de la Unión Europea para que impongan fuertes sanciones a este gobierno inconstitucional. Las bases para ello existen si se toma con seriedad la lectura de los informes brindados por la OEA y la Unión Europea, recientemente, que recogen con lenguaje diplomático las experiencias más desagradables de un viciado proceso electoral recién pasado que culminó con la continuación de Ortega en el poder y la consolidación de su dictadura.
En tanto no se condene la actuación de un régimen despótico, habrá muchos que tomen la dura decisión de ser extranjeros en otras patrias, antes de serlo en la preciosa Nicaragua.


OSIRISMELISA

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