verdades calientes

NATURALEZA-1950: EDUCACION VERDE EN LAS ESCUELAS.

miércoles, 13 de julio de 2011

EL ENDIOSAMIENTO DE LOS CAUDILLOS Y DICTADORES.




El politólogo francés Maurice Duverger describió con acierto al típico caudillo-dictador de América Latina: todos son cortados con la misma tijera y casi siempre terminan asesinados, exiliados, desprestigiados y muchas veces con pérdida del dinero robado.

Los caudillos dictadores son astutos y carismáticos, fomentan de manera enfermiza el culto de su personalidad narcisista porque su ego necesita que su imagen aparezca en todas partes y no toleran que nadie les haga sombra, practican el centralismo con apego obsesivo al poder, se cuidan mucho de conservar la lealtad de las fuerzas armadas, persiguen o cooptan a los disidentes mediante la opresión, el chantaje o el soborno con dinero, según el caso, y se enriquecen ilícitamente. Y usan mañosamente máscaras de diversos diseños y colores, que van de lo trágico a lo megalómano, hasta llegar a lo ridículo.

En América Latina, durante los siglos XIX y XX abundaron ejemplares de esa calaña. Trujillo, de República Dominicana, se consideraba todopoderoso y hacía que lo aclamaran con el eslogan “Dios en el cielo y Trujillo en la tierra”. Perón, de Argentina, llamaba “justicialismo” a su movimiento político (una versión criolla del fascismo italiano) y pretendía extenderlo a todo el subcontinente. El peronismo, asentado al principio en la base social de los “descamisados”, terminó al ser derrocado por el ejército con el pretexto del alto nivel de corrupción que imperaba a todos los niveles.

También en Argentina, Juan Manuel de Rosas obligaba que al final de todos los documentos oficiales se escribiera la muletilla: “guerra a muerte al unionismo, viva la santa Federación”. En Haití, Duvalier prefería que lo consideraran como un padre dedicado. Por eso se hacía llamar “Papa Doc” y su hijo era “Baby Doc”, sin perjuicio que las bandas oficialistas de los “Tonton Macoutes” (predecesoras de las turbas divinas del sandinismo) apalearan y mataran a los opositores.

En Brasil, el dictador Getulio Vargas se hacía llamar “padre de los pobres” y proclamó el “Nuevo Orden” que remodelaría al Estado. Y en Centroamérica, el general José Santos Zelaya en Nicaragua y Rufino Barrios en Guatemala, se disputaban el título de “reformadores” mientras recetaban cepo y cadenas a quienes se atrevían a desafiarlos. Por su parte Somoza García se jactaba de ser el “pacificador de Nicaragua”, después que mandó a asesinar al general Sandino y exiló a los disidentes. De todas esas cualidades caricaturescas y siniestras no escapó Augusto Pinochet, de Chile, quien sin embargo tuvo a su favor haber realizado el “milagro chileno” en la economía.

Al emerger el siglo XXI, los aspirantes a dictadores de nuevo cuño apartaron las revoluciones armadas y cuartelazos y optaron por llegar al poder sin disparar un tiro, aprovechándose de mecanismos de la democracia como las elecciones, para destruirla después de alcanzar la presidencia de la República. Nos referimos a los Chávez, Correa, Morales y Daniel Ortega, que constituyen la liga bolivariana subsidiada por el gobierno venezolano haciendo uso del petróleo que derrocha a manos llenas.

En Nicaragua el sector democrático perdió el tiempo en los 16 años que estuvo en el poder. En vez de refundar las instituciones entabló una “lucha interpartidaria” y un sector extremadamente ambicioso creyó que podía asegurar su vigencia aliándose con el orteguismo, en base de concederse mutuamente favores (amnistía para beneficio de uno y reelección del otro, repartirse y compartir cuotas de poder, etc.) y montando nuevas paralelas políticas.

Ahora la nueva careta de Daniel Ortega es un “socialismo del siglo XXI”, que no define porque no quiere enseñar sus cartas que asustarían a la ciudadanía. Pero la verdad es que se trata de un señuelo populista de clientelismo político para consolidarse en el poder.

Un giro brusco en el escenario venezolano pondría al descubierto toda la trama de la liga bolivariana, que cabalga en el lomo del petróleo venezolano. Pero de todas maneras las dictaduras de distintas caretas no caen por sí solas. Hay que hacerlas caer, para lo cual son indispensables la unidad y un buen liderazgo de la oposición, sólidos triunfos electorales y poderosas manifestaciones cívicas de la población democrática e inconforme.

OSIRISMELISA/12060011

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