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NATURALEZA-1950: EDUCACION VERDE EN LAS ESCUELAS.

lunes, 4 de julio de 2011

DEL EJEMPLO DE LA HUMILDAD DE GEORGE WHASHINGTON A ORTEGA.

DEL EJEMPLO DE LA HUMILDAD DE GEORGE WHASHINGTON A ORTEGA.: "



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¿Cómo hubiese actuado Ortega si la providencia le hubiese puesto en los zapatos de George Washington? Cuando Estados Unidos declaró su independencia, el 4 de julio de 1776, nadie gozaba de un prestigio comparable. Su liderazgo durante la guerra de liberación, más su carisma y dotes personales, le habían convertido en leyenda viviente. En el Olimpo de la nueva república, nos dice el historiador Joseph Ellis, él brillaba por encima de los otros dioses menores. Su imagen aparecía por todas partes; en afiches, monedas, loza, retratos, etc.; era una especie de Zeus y Moisés, “el hombre que unía todos los corazones”.
Washington fue electo primer presidente de la nueva nación por el voto unánime del colegio electoral en 1789, y de nuevo, a pesar de sus reservas, en 1792. Su excelente gestión como mandatario había añadido aún más lustre a su reputación y le aseguraba las posibilidades de su tercera reelección. La Constitución lo permitía, el pueblo lo quería, y la misma historia parecía reclamarlo.

En septiembre de 1796, sin embargo, Washington sorprendió a la nación al anunciar su decisión irrevocable de retirarse de la presidencia después de completar su período. Pesaron en su gesto sus convicciones republicanas y su amor a su país. Washington no quería convertirse en una nueva especie de rey. Con tal fin, había preferido el título de “Señor Presidente” (Mr. President) en lugar de los adjetivos más pomposos que otros le sugerían. Consciente de la influencia que tiene el ejemplo, sobre todo cuando proviene de individuos investidos de poder, quiso dejar el mensaje de que la presidencia americana debía ser diferente a la monarquía europea y que todos los presidentes, independientemente de cuán indispensables parecieran, eran esencialmente reemplazables.

Tan hondo caló su ejemplo que el precedente de no más de dos períodos sería acatado por todos los siguientes 44 presidentes, con la única excepción de Franklin D. Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial. La práctica de las presidencias por tiempo limitado y de la temporalidad de los líderes contribuiría decisivamente a que Estados Unidos gozara de una paz y estabilidad extraordinaria, que a su vez sería un ingrediente fundamental de su indisputada prosperidad.

En América Latina, por el contrario, proliferaría una fauna de generales y presidentes, mesiánicos y narcicistas, convencidos de su indispensabilidad. Las razones que esgrimían para perpetuarse en el poder eran siempre las mismas —el pueblo o la historia reclamaban su continuada presencia— como las mismas eran siempre sus consecuencias: una rutina horrorosa de tiranías, revoluciones y nuevas tiranías, que terminarían arruinando sus economías y condenando a muchos de sus países a convertirse en vagones de cola.

En Nicaragua, después de los primeros 35 años de anarquía que trajo la lucha entre caudillos, y que culminaron con la guerra nacional (1865-1857), el país tuvo el excepcional período de los treinta años. En él cinco presidentes entregaron la banda presidencial tras servir un solo período, aunque lo hicieron a personas de su mismo partido. Esta etapa civilista, que le valió al país el mote de “La Suiza centroamericana”, terminó con Zelaya en 1893. Contraviniendo la Constitución decidió reelegirse, hasta su caída violenta en 1909. De allí, hasta el inicio del período somocista en 1936, hubo tres sucesiones presidenciales relativamente “normales”, aunque jalonadas por intervenciones extranjeras y numerosos conflictos. Con los Somoza volvieron las reelecciones entronizando una especie de monarquía donde el poder se heredaba de padre a hijo y que terminó, también violentamente, en 1979. No es sino hasta 1990 que sin intervención externa un presidente (Ortega) pasa la banda presidencial a su contrincante, aunque jurando “gobernar desde abajo”. Los siguientes presidentes, Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, entregaron la banda a sus sucesores legítimamente electos, pareciendo inaugurar un nuevo período de paz republicana.

Hoy la tentación del continuismo ha ofuscado nuevamente a Ortega. Ignorando el espíritu y letra de la Constitución, y las lecciones de la historia, se ha propuesto reabrir el ciclo de la reelección indefinida. Ha decidido así separarse de la senda de los próceres, que como Washington son honrados con gran cariño por las siguientes generaciones, y seguir los pasos de los Somoza y Trujillo, que terminan mal, y cuyas estatuas terminan siendo derribadas por quienes no quieren recordarlos.


OSIRISMELISA/04060011

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